La vida religiosa según San Juan de la Cruz

San Juan de la Cruz escribió con total naturalidad lo mismo que vivía. Por eso la vida religiosa quedó inscrita entre los temas más frecuentes y más hondos de su enseñanza; mejor aún —como explicaba el padre José Vicente Rodríguez—, podría decirse que es el tema pleno de su doctrina, aunque no siempre aparezca nombrado como tal…

El mejor bien para los de casa

Aquí quiero recordar otro episodio, menos conocido, pero muy elocuente. Fue cuando San Juan de la Cruz, en su camino de regreso desde Valladolid hacia Granada, se detuvo en Segovia y llamó a un joven novicio para darle unas palabras de despedida. Se trataba de Alonso de la Madre de Dios, hermano de sangre de fray Fernando de Santa María, un carmelita que en ese momento estaba en Génova y a quien el Santo amaba profundamente…

Los soldados de Gedeón

De una carta de San Juan de la Cruz se ha salvado apenas un jirón. El papel está roto, las primeras líneas desaparecieron, y la firma se la comió el tiempo. Quedó sólo un fragmento —como un rescoldo que basta para encender fuego—, y Dios sabrá por qué quiso conservar precisamente eso. Dice el Santo a una Carmelita Descalza, en viaje de Granada a Madrid, en agosto de 1586:

La condescendencia del Pesebre

Contemplar el pesebre es contemplar la condescendencia en su forma más pura. Ahí está el Dios que se abaja hasta la nada, que se acomoda a nuestra pobreza, que se deja envolver por la carne y la noche. San Juan de la Cruz lo comprendió en Granada, cuando exclamó: “Mi dulce y tierno Jesús, si amores me han de matar, agora tienen lugar.”

El alma halcón y el Cazador divino

San Juan de la Cruz conocía bien la naturaleza y sabía —quizás lo había visto en su niñez en Medina del Campo— cómo se crían, se enseñan y se lanzan los halcones: esas aves rapaces que obedecen solo por hambre. No por costumbre ni por premio, sino por hambre. Esa hambre es lo que hace subir, lo que da vuelo. En el alma, ese hambre es la esperanza, que el mismo Dios enciende para que el hombre no se quede en el suelo.

“Cuando estés en el Sacrificio”

Hace poco me topé con la última carta de San Juan de la Cruz que nos ha llegado. Una joya que escribió desde La Peñuela, ya enfermo, con fiebre, a pocas semanas de su muerte. Le escribe a doña Ana del Mercado, su hija espiritual, y al enterarse de que el hermano de ella ha sido ordenado sacerdote, le dice con esa humildad tan suya: “Déle el parabién de mi parte, que no me atrevo a pedirle que algún día, cuando esté en el Sacrificio, se acuerde de mí…”

El racimo en el lagar

¿Queremos estar con Él? Entonces hay que dejar de pedir compañía y empezar a abrazar la soledad. Dejar de mendigar emociones y empezar a ofrecer silencio. Como decía Ignacio, el capitán: “ofrecer todas nuestras personas al trabajo”. Pero también —y más difícil aún— al olvido, al abandono, al no ser comprendidos, al no tener más testigo que Dios.
Porque el que quiera reinar con Cristo, tiene que estar dispuesto a ser exprimido con Él.

Dos maneras de vencer el mal

El lector hallará ese testimonio al final de las obras completas del Santo, tanto en la edición de la BAC como en la de Espiritualidad: son los llamados Dictámenes de espíritu recogidos por Elíseo de los Mártires, escritos en México en 1618. Son veinte y tantos apuntes, breves y densos, donde se condensa una teología vivida. No son cartas ni visiones, sino juicios: cosas vistas, oídas y aprendidas de aquel hombre de fuego que fue el Doctor Místico…

El camino de los santos no pasa por las nubes

Quizás le haya pasado a alguno. Lee a Santa Teresa o a San Juan de la Cruz, y en lugar de encenderse, se enfría. Dice: “Eso no es para mí. Esos son santos de otro tiempo. Eso de unirse a Dios es para almas privilegiadas, no para un pobre cristiano como yo”. Y así se va convenciendo de que la santidad es una rareza, y no el plan normal de Dios para todos los bautizados.

El arte de pasar adelante

Cuando el joven Karol Wojtyła, obrero y actor clandestino en la Polonia ocupada, se topó con las obras de San Juan de la Cruz, algo cambió para siempre. No fue un encuentro académico, sino vital. Aquel muchacho de Wadowice, que rezaba en los escombros y trabajaba en la cantera, encontró en el Místico del Carmelo una brújula para navegar la noche del espíritu. Y fue un laico, Jan Tyranowski —un sastre con alma de santo— quien le abrió el libro y el camino…