Cuando Dios toca nuestras heridas

Hemos de llevar ante el altar
la parte mala o no–recta de nuestra vida
para sacrificarla–matarla.
Todo lo moralmente malo, tendencias torcidas,
caracteres difíciles, maneras de ser improcedentes,
malos hechos sociales, familiares, personales,
laborales, amistades peligrosas, los pecados…
nada de lo malo debe excluirse;
nada debe quedar fuera del altar.

(p. Buela, Nuestra Misa p. 66)

 

Hay palabras de san Juan de la Cruz que nos resultan inmediatamente hermosas: noche, llama, fuente, amado, soledad. Hay otras, en cambio, que necesitan explicación. Cauterio es una de ellas.

Hoy la palabra casi ha desaparecido de nuestro vocabulario cotidiano, pero en tiempos de san Juan de la Cruz era perfectamente comprensible. El cauterio era un instrumento —generalmente un hierro calentado al fuego— que se aplicaba sobre una parte del cuerpo para quemar un tejido, cerrar una herida o detener una hemorragia. La imagen, por tanto, no tiene nada de delicada. Hay fuego, hay quemadura, hay llaga.

Y, sin embargo, el poeta de fontiveros comienza la segunda estrofa de la Llama de amor viva con una expresión desconcertante:

«¡Oh cauterio suave!
¡Oh regalada llaga!»

¿Cómo puede ser suave un cauterio y regalada una llaga?

Ahí está precisamente una de esas paradojas tan propias de nuestro Santo. El amor de Dios no solamente consuela: también quema. No solamente acaricia: transforma. Y para transformar de verdad tiene que llegar hasta aquello que en nosotros necesita ser purificado.

San Juan de la Cruz explica que el cauterio representa al Espíritu Santo obrando en el alma. Así como el fuego se concentra con especial intensidad en el hierro candente, también en ciertos toques de Dios el amor divino se comunica con una fuerza extraordinaria: «Así como en el cauterio está el fuego más intenso y vehemente, y hace mayor efecto que en los demás ignitos, así el acto de esta unión, por ser de tan inflamado fuego de amor más que todos los otros, que por eso le llama cauterio respecto de ellos» (LlB 2,2).

Pero lleva todavía más lejos la comparación. El fuego no queda solamente fuera del alma, como algo que la toca desde el exterior. Termina comunicándole su propia condición. El hierro metido en el fuego parece convertirse en fuego. Del mismo modo, dice san Juan de la Cruz, cuando el amor de Dios se apodera del alma, «no solamente es cauterio, mas toda ella está hecha cauterio de vehemente fuego» (LlB 2,2).

Hay algo todavía más hermoso. El cauterio material, al tocar la carne, hace una llaga. Y si encuentra una herida que tenía otra causa, la convierte también en herida de fuego. El Santo se sirve de esto para explicar lo que hace Dios con nuestras propias heridas: «Eso tiene este cauterio de amor, que en el alma que toca, ahora esté llagada de otras llagas de miserias y pecados, ahora esté sana, luego la deja llagada de amor, y ya las que eran llagas de otra causa, quedan hechas llagas de amor» (LlB 2,7).

La frase merece ser leída despacio.

Todos llegamos a Dios con alguna llaga. Algunas son consecuencia de nuestros pecados; otras vienen de nuestras miserias, de los golpes recibidos, de decepciones, pérdidas, humillaciones, fracasos. Hay heridas que nosotros mismos apenas sabemos explicar.

San Juan de la Cruz no dice simplemente que Dios las hace desaparecer. Dice algo más profundo: puede convertirlas en llagas de amor.

Quizá ahí esté una de las obras más delicadas de la gracia. Dios no siempre borra nuestra historia. A veces la transforma. La misma pobreza que antes nos hacía encerrarnos sobre nosotros mismos puede convertirse en santo abandono; una humillación puede enseñarnos la humildad; una soledad puede ensanchar el corazón para Dios; aquello que alguna vez nos hizo sufrir puede terminar haciéndonos más capaces de amar.

Y aquí aparece la gran diferencia entre el cauterio humano y el divino. El hierro que produce una herida necesita después otra medicina para curarla. Con Dios ocurre algo misteriosamente distinto: «La llaga del cauterio de amor no se puede curar con otra medicina, sino que el mismo cauterio que la hace la cura, y el mismo que la cura, curándola la hace» (LlB 2,7).

El mismo amor hiere y cura. Y cuanto más cura, más hiere de amor.

No se trata, naturalmente, de buscar sufrimientos ni de imaginar que todo dolor viene directamente de Dios. San Juan de la Cruz está hablando aquí de una experiencia altísima de la vida espiritual, del toque del Espíritu Santo que transforma al alma desde dentro. Pero la imagen sirve también para entender algo que sucede, en diversa medida, en toda vida cristiana: cuando dejamos que Dios entre verdaderamente en nosotros, su amor no nos deja como estábamos.

El fuego siempre hace algo con aquello que toca.

Por eso quizá convenga no pedir solamente a Dios que nos quite las heridas. Podemos pedirle también algo más audaz: que las toque. Que aquello que en nosotros todavía duele, avergüenza o pesa sea alcanzado por su amor. Que las llagas de tantas otras causas terminen, poco a poco, siendo «llagas de amor».

Entonces comenzaremos a comprender por qué san Juan de la Cruz pudo juntar dos palabras que parecían destinadas a no encontrarse nunca: «cauterio» y «suave».