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Hay palabras de san Juan de la Cruz que nos resultan inmediatamente hermosas: noche, llama, fuente, amado, soledad. Hay otras, en cambio, que necesitan explicación. Cauterio es una de ellas…
San Juan de la Cruz no escribió un diario como san Ignacio ni fue dejando constancia de los movimientos de su alma o de las veces que lloraba. Pero más de una vez quienes lo trataron lo vieron romper en llanto, y así lo declararon después en los procesos: «Comenzó a enternecerse, que se hinchó todo de lágrimas sin poderse defender». Una de esas lágrimas es la que ahora queremos recordar…
Hay una frase que se oye con frecuencia en nuestras comunidades y trabajos apostólicos. Cuando se pide un favor, una colaboración o una tarea que no pertenece estrictamente al propio oficio, respondemos: —Si tengo tiempo, lo hago. O también: —Cuando pueda, lo haré. Y, pasado algún tiempo, llega la explicación consabida: —No tuve tiempo…
Es una gracia que las palabras de los santos se hagan populares y pasen de boca en boca. Una frase breve, aprendida de memoria, puede sostener a un alma en momentos difíciles. Pero precisamente por eso hay que cuidarlas: lo que se ama, se guarda bien. Algo así ha sucedido con uno de los dichos más conocidos de san Juan de la Cruz. Todos lo hemos oído muchas veces así…
El P. José Vicente recoge una anécdota de San Juan de la Cruz tomada de uno de los testigos del proceso de beatificación del Santo. Es un testimonio breve, pero muy bueno: «Cuando salía de la celda, y por donde iba, iba siempre tosiendo…
Hay poemas que se entienden mejor si uno mira primero el lugar donde nacieron. Y este de San Juan de la Cruz, “Que bien sé yo la fonte”, nació en la cárcel de Toledo, en aquella estrechez donde el Maestro de la fe estuvo encerrado, humillado, maltratado y, sobre todo, privado de lo que para él era más que el pan de cada día: la Santa Misa….