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San Juan de la Cruz pensó en nosotros. No digo en nosotros en general, como piensa un santo en las almas que vendrán después, sino bastante concretamente: pensó en sus lectores.Hay un detalle curioso. En la Subida del Monte Carmelo se dirige nueve veces a quien tiene el libro entre las manos…
Cuando san Juan de la Cruz tiene que hablar de las cosas más altas de la vida espiritual —de la purificación, de la contemplación, de la noche, de la unión con Dios— sabe que está entrando en un terreno donde las palabras humanas se quedan cortas. Por eso busca continuamente el apoyo de la Escritura…
San Juan de la Cruz encuentra en Job una de las figuras más completas de aquello que él llama la purificación pasiva. Jonás le sirve. Jeremías también. Los salmos de David aparecen continuamente cuando necesita poner palabras a la noche. Pero Job tiene algo especial: recorre casi todo el camino…
Hay palabras de san Juan de la Cruz que nos resultan inmediatamente hermosas: noche, llama, fuente, amado, soledad. Hay otras, en cambio, que necesitan explicación. Cauterio es una de ellas…
San Juan de la Cruz no escribió un diario como san Ignacio ni fue dejando constancia de los movimientos de su alma o de las veces que lloraba. Pero más de una vez quienes lo trataron lo vieron romper en llanto, y así lo declararon después en los procesos: «Comenzó a enternecerse, que se hinchó todo de lágrimas sin poderse defender». Una de esas lágrimas es la que ahora queremos recordar…
Hay una frase que se oye con frecuencia en nuestras comunidades y trabajos apostólicos. Cuando se pide un favor, una colaboración o una tarea que no pertenece estrictamente al propio oficio, respondemos: —Si tengo tiempo, lo hago. O también: —Cuando pueda, lo haré. Y, pasado algún tiempo, llega la explicación consabida: —No tuve tiempo…