Entre los escritos breves del Santo de Fontiveros, aparecen —casi como un apéndice después de las Cautelas— unas tres páginas. Son los Cuatro avisos que redactó, no de motu proprio, sino porque un fraile carmelita descalzo se los pidió. Hoy conservamos apenas cinco copias que descienden de dos manuscritos, uno guardado en Bujalance y otro en Baeza; reliquias de tinta que nos hacen pensar cuántos papeles semejantes se habrán perdido en el fragor de la historia.
El destinatario más probable era fray Juan de Santa Eufemia: un hermano no corista del Colegio de San Basilio de Baeza, sencillo en su estado y laborioso en sus manos, pues además de rezar trabajaba en la finca del colegio —el Cortijo de Santa Ana—. Allí mismo, en esos campos, gustaba el Santo retirarse a descansar; y en ese descanso velar orando, con los ojos fijos en el cielo nocturno. Los testigos nos lo pintan de esa manera: rezando al aire libre, como quien se sabe criatura pequeña bajo la bóveda inmensa de Dios.
Ese es el contexto en que nacen los Cuatro avisos: escritos de paso, sí, pero dictados con la seriedad de quien sabe que un consejo puede ser más precioso que una biblioteca. Y así, después de trazar en breves líneas un programa de resignación, de mortificación, de ejercicio de virtudes y de soledad; después de recomendar que el religioso se haga piedra: callando como piedra, sufriendo como piedra, dejándose tallar como piedra, todavía le queda una última estocada.
“En ninguna manera quiera saber cosa,
sino sólo cómo servirá más a Dios y guardará mejor las cosas de su instituto.”
Con esta sentencia concluye el místico del Carmelo sus avisos, y con ello deja la espada clavada hasta la empuñadura. No se repite, no se enreda en glosas: resume y sella. Y esa frase final, por sí sola, vale más que un tratado entero de teología de la vida consagrada. Por eso conviene desmenuzarla: dividirla en dos, como quien parte un pan sustancioso para que se entienda mejor el sabor de cada mitad.
- «En ninguna manera quiera saber cosa…»
Esta expresión —“en ninguna manera”— es un sello típico del estilo de San Juan de la Cruz: absoluto, tajante, sin relativismos. No dice: “intente no desear saber otras cosas” o “evite distraerse con temas ajenos”. No. Dice: en ninguna manera. Es decir: en ningún caso, bajo ningún pretexto, en ningún rincón del alma, se permite al religioso interesarse en otra cosa que no sea: cómo servir más a Dios y cómo guardar mejor las cosas de su instituto.
La gran tentación del religioso no es la mundanidad evidente. Es la dispersión en lo accesorio, el interés por lo que no edifica, el perder tiempo, atención y fuerzas en cosas que no tienen que ver con su consagración. El Santo lo sabía. Por eso remata así su exhortación: “Si estas cuatro cosas guardare su caridad con cuidado, muy en breve será perfecto.” Pero atención: “si las guardare con cuidado”. Porque el que no cuida, pierde. Y el que no quiere saber otra cosa que lo esencial, ése es el que crece de verdad en su vocación.
Así, con esa radicalidad serena, nos pone frente a un espejo incómodo: ¿Qué lugar ocupa realmente en mi vida religiosa esta pregunta: ¿Cómo guardar mejor las cosas de mi Instituto?
- «…sino sólo cómo servirá más a Dios y guardará mejor las cosas de su instituto».
San Juan de la Cruz tiene claro que para un religioso servir a Dios no es correr tras novedades, ni buscar misteriosos discernimientos vocacionales: es vivir con fidelidad las cosas que prometió. No dice que hay que buscar otros modos de servirlo. Dice que hay que guardar. Y no sólo guardar —que ya sería mucho—, sino guardar mejor.
Allí está el golpe de gracia: no basta con conservar; no basta con evitar que se derrumbe la casa, hay que seguirla edificando con celo amoroso; no basta con mantener la estructura externa, hay que encarnarla, vivirla. No es lo mismo hacer lo que me mandan que buscar el modo más perfecto de vivir lo que me mandaron.
Yendo más al concreto podríamos decir que: no basta con cumplir los horarios, hay que darles sentido eterno. No basta con sostener la adoración eucarística, hay que vivirla con la convicción de que el mundo cuelga de esa hora. No basta con hablar de la Providencia, hay que verla obrar cada día, sin perder jamás la paz. No basta con conocer el carisma, hay que transparentarlo: que quien te vea entienda todo, sin necesidad de discursos ni videos.
¿Y cómo se guarda mejor? En primer lugar, conociendo. No solo haber leído los “no negociables” del instituto: sino sabérselos de memoria viva, de memoria práctica, que resuene en la cabeza y guíe el pulso. Luego, amando. Porque nadie guarda lo que no ama. Y nadie ama de verdad lo que no ha sufrido. Y por fin, transmitiendo. Porque un religioso que guarda mejor no es el que repite fórmulas o impone reglamentos: es el que, sin abrir la boca, predica con la paz de su alma. De él se dice: “Mirá ese religioso: cómo ve todo desde arriba, como lo ve Dios. Mirá cómo conserva la paz en medio de tantos problemas. Mirá cómo lleva en silencio los trabajos. Mirá como no se queja ante las humillaciones. Mirá cómo no abandona jamás la adoración eucarística, aunque esté de viaje, en misión o enfermo”.
Guardar mejor. Esa es la única obsesión legítima en la vida de un consagrado. No tener éxito, no conseguir cargos, no dejar una obra visible, sino —simplemente, sobrenaturalmente— guardar mejor. Porque allí está la voluntad de Dios. Y fuera de la voluntad de Dios, todo es hojarasca.
En una época en que los carismas se diluyen, las identidades se desdibujan y las fidelidades se relativizan, este consejo final del místico del Carmelo suena como campana clara entre la niebla.
En Montilla, donde duermen los restos del Doctor San Juan de Ávila, una inscripción recuerda el juicio que sobre él emitió nada menos que San Ignacio de Loyola. Lo llamó “Arca del Testamento”. Y añadió esta sentencia: “Si se perdiese la Sagrada Escritura, él solo la restituiría a la Iglesia”. Tal era el amor y conocimiento que tenía de la palabra de Dios.
Y nosotros podríamos preguntarnos: ¿Sería posible decir lo mismo de uno de nosotros respecto al carisma que hemos recibido? Si quedase uno solo ¿Sería capaz de restituirlo por completo a la Iglesia?
El modo concretísimo de defender lo nuestro, de guardar nuestro patrimonio, es hacerlo vida. Eso no lo puede cambiar ni eliminar nadie.
“En ninguna manera quiera saber cosa,
sino sólo cómo servirá más a Dios y guardará mejor las cosas de su instituto.”
Que esta sea también nuestra única ciencia: Y que quien nos vea, no necesite buscar nuestros documentos fundacionales: que baste con mirarnos vivir.
P. Gabriel María Prado, IVE