El alma halcón y el Cazador divino
San Juan de la Cruz conocía bien la naturaleza y sabía —quizás lo había visto en su niñez en Medina del Campo— cómo se crían, se enseñan y se lanzan los halcones: esas aves rapaces que obedecen solo por hambre. No por costumbre ni por premio, sino por hambre. Esa hambre es lo que hace subir, lo que da vuelo. En el alma, ese hambre es la esperanza, que el mismo Dios enciende para que el hombre no se quede en el suelo.