El alma halcón y el Cazador divino

Para Él no hay nada imposible.
Pidámosle la gracia de ocuparnos rectamente de las cosas de la tierra,
pero recordando la palabra imperativa de San Pablo:
“Buscad las cosas de arriba donde está Cristo sentado a la derecha de Dios.
Pensad en las cosas de arriba, no en las de la tierra”
,
porque “el mismo que bajó es el que subió”.

(Vox Verbi 068 – P. Buela – Homilía 19/05/1996 )

 

Lo que San Juan de la Cruz escribió de motu proprio, sin que nadie se lo pidiera ni lo empujara, fueron sus poesías.

Los comentarios vinieron después, casi por obediencia: los religiosos se los pedían, y el santo —que no gustaba de hablar de sí mismo— accedía con humildad de maestro. Pero el alma del Carmelo está en los versos.

En esas coplas está toda su doctrina, pero dicha con un sabor que no se marchita: la teología en flor.

El mismo Santo se consolaba pensando en nosotros, los que un día leeríamos sus poesías, como lo dice en el prólogo a sus Dichos de luz y amor:

“Otras personas, provocadas por ellos, por ventura aprovechen en tu servicio y amor, en que yo falto, y tenga mi alma en qué se consolar de que haya sido ocasión que lo que falta en ella halles en otros.”

Leer sus poemas es entrar en un tratado de teología mística sin darse cuenta: uno sale conmovido, no sabio… pero ya es mucho.

Hace un tiempo me preguntaron por uno de esos poemas: “Tras de un amoroso lance”. Y gracias a esa consulta —como suele pasar— nacieron estas líneas.

El poema no trae nombre; las ediciones lo incluyen entre las poesías del Santo, en décimo lugar, bajo el título “Otras coplas a lo divino”. Pero uno de los códices más fiables —el Códice Sacromonte de Granada, redactado por fray Juan Evangelista, amigo y secretario del Santo— lo llama de un modo mucho más revelador: “Otras coplas que tratan del vuelo del alma a Dios”. Y ahí está la clave.

El poema entero es una caza de altanería vuelta a lo divino. En la cetrería, “altanería” se dice porque el halcón es adiestrado para ganar altura, dominar el horizonte desde arriba y, desde esa altura, lanzarse en picada sobre lo que busca. Por eso en las letanías sanjuanistas el Santo es invocado como “Cetrero de Caza de Amor que es de Altanería”: porque enseña al alma a subir, a tomar cielo, y a buscar solo aquello que puede verse cuando uno está en lo alto. No es una caza rastrera, sino una caza desde arriba, propia de quien aspira a Dios y no a presas bajas.

Con ese marco en mente, la imagen se vuelve transparente: El alma es un halcón que asciende por la esperanza hasta donde el aire es más limpio; desde esa altura distingue lo que vale y lo que no. Dios es la “caza alta”: porque solo desde la altura teologal puede ser visto y buscado. Y la esperanza es el campo de vuelo, el cielo interior que sostiene al alma y no la deja caer en bienes menores.

San Juan de la Cruz conocía bien la naturaleza y sabía —quizás lo había visto en su niñez en Medina del Campo— cómo se crían, se enseñan y se lanzan los halcones: esas aves rapaces que obedecen solo por hambre. No por costumbre ni por premio, sino por hambre. Esa hambre es lo que hace subir, lo que da vuelo. En el alma, ese hambre es la esperanza, que el mismo Dios enciende para que el hombre no se quede en el suelo.

El poema tiene el sabor de la aventura. Un lance —dice el Diccionario— es una acometida, un trance, una pesca, un suceso peligroso. El amoroso lance es, entonces, esa empresa arriesgada de lanzarse en pos de Dios, sin ver y sin saber, sostenido apenas por el deseo de alcanzarlo. Ahí está todo el misticismo cristiano: el alma cazadora y el Dios que se deja cazar.

Los versos son breves, como un vuelo de halcón. El alma “tienta” el aire —sube, baja, se levanta de nuevo— hasta que al fin, cansada y rendida, alcanza. Pero el secreto no está en el vuelo, sino en el abatimiento:

“Cuanto más alto llegaba
de este lance tan subido,
tanto más bajo y rendido
y abatido me hallaba…”

En la cetrería, abatirse significa lanzarse en picada sobre la presa. En la vida espiritual, significa humillarse. Y ahí aparece la paradoja genial del Santo: cuanto más alto sube el alma —vuelo alto que es su aspiración sobrenatural, ese no contentarse con pequeñeces ni bienes pasajeros—, tanto más bajo se ve; cuanto más se abate por amor, tanto más la levanta Dios. Hasta que, abatida tanto, tanto, fue tan alto, tan alto, que dio a la Caza alcance.

El poema, es un tratado sobre la esperanza. Porque la esperanza es el ala de este vuelo, el hambre que impulsa al alma y la sostiene en el aire. “Cuanto más espera el alma, más alcanza”, decía San Juan de la Cruz, y lo repetía con frecuencia: “¡La esperanza del cielo, que tanto alcanza cuanto espera!”

Esperar mucho es ya volar alto. Y si la esperanza es grande, no fallará el alcance.

Todo el misterio del amoroso lance está en eso: que el alma cazadora se transforma en el alma cazada; que el vuelo termina en caída y la caída en unión. Dios no es garza que huye, sino Presa que atrae. El halcón sube hasta perder fuerzas, y cuando se rinde, Dios lo toma en sus manos.

Y así, el poema se vuelve espejo de todo el camino espiritual. Nos enseña que el amor verdadero no es el que llega primero, sino el que no se cansa de volver a tentar; que las alturas de Dios no se conquistan con alas propias, sino con la humildad que se deja caer en Él; y que la esperanza —ese hambre santa— es ya un modo de tocar el Cielo.

Les dejo el poema para que lo lean, lo gusten, y se animen a este vuelo: el amoroso lance de dejarse alcanzar por Dios: https://sanjuandelacruz.online/poesias/

P. Gabriel M Prado, IVE