“… esa Providencia amorosa de Dios que se manifiesta
sobre todo en el orden espiritual, en el orden sobrenatural…”
(P. Buela, VoxVerbi 1995 “La bondad de nuestro Padre Celestial”)
San Ignacio de Loyola fue, probablemente, el campeón de las lágrimas en toda la hagiografía cristiana. Quienes mejor han estudiado su vida reconocen que es difícil encontrar otro santo en quien las lágrimas hayan tenido tanta importancia. El padre Laínez recordaba que Ignacio le había contado que «comúnmente seis o siete veces al día lloraba».
En su Diario espiritual, que abarca poco más de un año, aparece un verdadero diluvio. Ignacio habla de las lágrimas cuando las tiene y cuando no las tiene; cuando vienen suavemente y cuando parecen cubrirlo por entero. Llega incluso a temer perder la vista por la frecuencia y abundancia del llanto. El padre De Guibert calculó que, solamente en los primeros cuarenta días del Diario, san Ignacio menciona lágrimas derramadas ciento setenta y cinco veces, es decir una media de 4 veces al día. No por nada nos hace hacer todos los años eso de “demandar lo que quiero; será aquí pedir crescido y intenso dolor y lágrimas de mis pecados”.
San Juan de la Cruz no escribió un diario como san Ignacio ni fue dejando constancia de los movimientos de su alma o de las veces que lloraba. Pero más de una vez quienes lo trataron lo vieron romper en llanto, y así lo declararon después en los procesos: «Comenzó a enternecerse, que se hinchó todo de lágrimas sin poderse defender». Una de esas lágrimas es la que ahora queremos recordar.
Después de escapar de la cárcel de Toledo, tras nueve meses de encierros, fue nombrado vicario del convento del Calvario, en Jaén. La vida de aquellos veinticinco o treinta religiosos, de estilo casi eremítico, era extremadamente pobre. El menú habitual consistía en migas y alguna escudilla de caldo hecho con hierbas silvestres. Para saber cuáles podían comerse utilizaban un método muy científico: se las daban primero a unos burros. «Si ellos las comían, las tenían por buenas, diciendo que lo que no mataba a los jumentos no mataba a los hombres».
En algunas ocasiones llegaba la hora de comer y, sencillamente, no había qué.
Un día entró la comunidad en el refectorio y descubrió que sobre las mesas no había pan alguno.
—¿Por qué no se pone pan? —preguntó fray Juan.
—Porque no lo hay —le respondieron.
—Busquen por ahí algún mendrugo.
Encontraron uno. Un mendruguillo solo, puesto en medio de la mesa para toda la comunidad.
Se echó la bendición y, en lugar de comida, nuestro fraile santo les dio una plática llena de espíritu. Los animó a llevar con hacimiento de gracias aquella pobreza, «pues era la que habíamos venido a buscar para la imitación de Cristo». Después, cada religioso se retiró a su celda.
No sabemos qué fue del mendrugo. Tal vez quedó allí, respetado por todos.
Unas dos horas después llegó a la portería un hombre. Traía una carta para fray Juan. Fray Brocardo se la llevó y, apenas comenzó a leerla, al santo se le empezaron a caer las lágrimas.
—¿Malas noticias? —preguntó el portero.
—No —respondió el Santo—. Lloro, hermano, que nos tiene el Señor por tan ruines que no podemos llevar mucho tiempo la abstinencia de este día, pues ya nos envía la comida.
En la carta anunciaban el envío de una fanega de pan cocido y otra de harina. Poco después llegaron desde Úbeda otras dos cabalgaduras cargadas de provisiones: pescado, huevos y muchas cosas más. Fueron tantas que, diez días después, cuando un bienhechor subió al convento y le dieron de cenar, los religiosos todavía le decían: «Coma vuesa merced, que aun esto es del sustento del milagro de nuestro padre fray Juan de la Cruz».
¿Por qué lloraba nuestro Santo? No parece que fuera por el hambre padecida, ni simplemente por la llegada del alimento. Lloraba porque, detrás del pan y de la harina, reconocía la mano providente de Dios. Casi podría decirse que le dolía no haber sido tenido por digno de padecer un poco más por Cristo. Para él, la pobreza no era una desgracia que hubiera que soportar, sino uno de los caminos más seguros para imitar al Señor. La había buscado libremente al entrar en el Carmelo, porque deseaba parecerse a Cristo, que nació pobre, vivió sin tener dónde reclinar la cabeza y murió despojado hasta de sus vestidos.
Pero recibió también con lágrimas el socorro de la Providencia. El verdadero pobre no desprecia los dones cuando llegan. Los recibe sin apropiárselos, con gratitud y con una mirada que atraviesa al instrumento humano para llegar hasta Dios.
Después de terminar este mes de mission appeal, también vienen ganas de llorar. No por cansancio ni porque haya faltado nada, sino al ver el amor que los fieles tienen por las misiones, el respeto y el cariño con que reciben a los misioneros, la atención con que escuchan hablar de cristianos lejanos a quienes no conocen y la generosidad con que ayudan a sostenerlos.
Uno sale a hablar de la pobreza de nuestras misiones y vuelve enriquecido por la fe del pueblo cristiano. Uno piensa que va a pedir y termina recibiendo mucho más que dinero: oraciones, afecto, palabras de aliento y esa caridad sencilla que hace sentir que la Iglesia es verdaderamente una familia.
También entonces podríamos decir con fray Juan: «Nos tiene el Señor por tan ruines que no podemos llevar mucho tiempo la abstinencia de este día, pues ya nos envía la comida».
Necesitamos una mirada sobrenatural que sepa reconocer los beneficios de Dios. Sin ella, cuando falta algo nos quejamos y, cuando llega, creemos que era debido. El alma agradecida, en cambio, descubre la mano del Padre tanto en el mendrugo como en la fanega de pan; tanto en la privación que nos purifica como en el consuelo que nos sostiene.
Amar la pobreza no significa amar la miseria ni desentenderse de las necesidades ajenas. Significa vivir desprendidos, aceptar con paz las privaciones, no hacer de las comodidades un derecho y desear vivamente parecernos a Cristo. Significa también recibir con humildad lo que Dios nos manda, sin olvidar que todo pan tiene detrás unas manos humanas movidas, muchas veces sin saberlo, por la Providencia.
Pidamos a san Ignacio lágrimas para sentir profundamente las cosas de Dios, y a san Juan de la Cruz una pobreza capaz de agradecer tanto cuando el pan falta como cuando llega. Porque quizá la verdadera pobreza comienza cuando dejamos de mirar lo que tenemos entre las manos y empezamos a mirar la mano de quien nos lo da todo.