“El trabajo más importante
que tenemos en nuestras casas de formación
es enseñar a los jóvenes y a las jóvenes
a desposarse con el Viento.”
(P. Buela, 2 de junio de 1995)
Hay palabras que sólo se entienden cuando han pasado por el alma como pasa el viento por los árboles: sin dejarse ver, pero dejando todo estremecido. Una de esas palabras es la del Espíritu Santo.
El Espíritu Santo es el Amor personal de Dios. Es el Don. Es el Fuego. Es el Viento. Y por eso, cuando llega Pentecostés, esperamos que el mismo Viento sacuda también nuestra tibieza, nuestra sequedad y nuestros miedos.
San Juan de la Cruz en el Cántico Espiritual, cuando el alma ya va entrando en los secretos del amor divino, pone esta estrofa donde soplan dos vientos:
Detente, cierzo muerto;
ven, austro, que recuerdas los amores,
aspira por mi huerto,
y corran sus olores,
y pacerá el Amado entre las flores.
Aquí está casi todo: el alma, el viento seco, el viento fecundo, las flores, los olores, el Amado. Y en medio de todo, una súplica: “Aspira por mi huerto.”
El Doctor místico conoce bien los dos climas del alma. Hay días de suavidad y días de escarcha. Hay horas en que la oración parece correr sola, como agua clara; y hay otras en que uno reza con la boca seca, la imaginación dispersa y el corazón como piedra. Hay momentos en que amar parece fácil; y otros en que amar es no hacer mudanza. Nada más. Permanecer delante de Dios cuando no se siente nada, cuando no se ve nada, cuando no se saborea nada.
El Santo nos advierte de este fenómeno en el que mas de una vez nos veremos envueltos. Lo pone en su lugar. La llama aquí: “cierzo muerto.”
El cierzo es viento frío, seco, áspero. En el campo no fecunda: marchita. Cierra las flores, endurece la tierra, detiene la suavidad de la vida. Así también hay vientos interiores que pasan por el alma y parecen dejarlo todo pobre, apagado, sin perfume. A veces vienen por cansancio, por enfermedad, por tristeza, por tentación, por negligencia, o simplemente porque Dios permite que el alma aprenda a buscarlo a Él y no a sus regalos.
Porque una cosa es importante: la sequedad no siempre es culpable. Puede ser prueba. Puede ser purificación. Puede ser una misericordia de Dios, que nos quita el gusto para salvar el amor. El peligro no está en sentir sequedad, sino en pactar con ella; no está en atravesar el invierno, sino en hacer del invierno una casa.
Por eso el alma dice: “Detente, cierzo muerto.”
No le dice: “ven”. No lo acaricia. No lo justifica. No se entretiene con él. Lo detiene. Porque hay sequedades que se soportan con paciencia, pero también hay frialdades que se deben combatir con fidelidad (al horario, por ejemplo). Hay una aridez permitida por Dios; y hay otra que nace de la disipación, de la falta de oración, del desorden de los sentidos, de la pereza espiritual, del pequeño egoísmo que se nos mete por las rendijas y acaba helando la casa entera.
¿Y cómo se detiene el cierzo?
Se detiene volviendo a lo esencial: oración, recogimiento, mortificación, paciencia. Se detiene cerrando las puertas por donde entra el frío. Se detiene dejando de alimentar aquello que seca el alma. Se detiene rezando aunque no haya gusto, obedeciendo aunque no haya entusiasmo, sirviendo aunque no haya aplauso, perseverando aunque no haya consuelo.
Pero San Juan de la Cruz no se queda en el “detente”. La vida cristiana no consiste solamente en frenar lo malo. El alma no ha sido creada para vivir a la defensiva, tapando agujeros y contando miserias. Ha sido creada para arder. Por eso, apenas dice “detente, cierzo muerto”, añade: “ven, austro, que recuerdas los amores.”
El Austro es el viento cálido, el viento del sur, el viento que fecunda. Bajo su soplo las flores se abren, los aromas corren, el huerto despierta. Y aquí aparece el sentido profundamente sanjuanista de la imagen: ese Austro es el Espíritu Santo.
San Juan de la Cruz sabe que el Espíritu Santo es comparado al aire, porque es Amor aspirado del Padre y del Hijo, y porque Él mismo aspira en el alma. No pasa simplemente por encima. Entra, mueve, enciende, despierta. Por eso el alma le pide: “aspira por mi huerto.”
La expresión es bellísima. El alma es un huerto. No una piedra, no una máquina, no un desierto: un huerto. Puede estar cerrado, puede estar seco, puede estar descuidado, pero ha sido hecho para dar flores. Y esas flores son las virtudes: la fe, la esperanza, la caridad, la humildad, la obediencia, la pureza, la paciencia, la fortaleza, la mansedumbre. Muchas veces están allí, pero como dormidas. Existen, pero no perfuman. Están plantadas, pero cerradas. Son reales, pero todavía no corren sus olores.
Entonces viene el Espíritu Santo y “recuerda los amores”. Aquí “recordar” no significa simplemente traer algo a la memoria, como quien abre un cajón viejo. Significa despertar. El Espíritu Santo despierta en el alma el amor que estaba como dormido. Hace que la virtud pase de escondida a olorosa, de poseída a ejercitada, de raíz silenciosa a flor abierta. Por eso necesitamos tanto al Espíritu Santo.
Podemos tener buena doctrina y estar secos. Podemos tener una gran disciplina y estar fríos. Podemos tener obras y no tener perfume. Podemos conservar la forma exterior de la vida cristiana y, sin embargo, estar necesitados de ese soplo interior que aviva, ordena, inflama y levanta. El huerto puede estar cercado, limpio y todo correcto; pero si no sopla el Austro, no corren los olores.
Y Cristo busca esos olores. El verso final lo dice con una delicadeza nupcial: “y pacerá el Amado entre las flores.” El Amado se recrea en las virtudes del alma. Allí descansa. Allí se alimenta, por decirlo con el lenguaje audaz del Cántico. No porque Cristo necesite de nosotros, sino porque su amor se complace en lo que Él mismo ha sembrado. Como un jardinero que se goza viendo florecer su propio trabajo, así el Señor se goza en el alma donde el Espíritu Santo ha hecho correr el perfume de las virtudes.
De aquí se entiende mejor aquella frase del Padre Buela: “enseñar a desposarse con el Viento”. No basta enseñar normas, horarios, métodos, apostolados, costumbres santas. Todo eso es necesario, y cuando falta se nota. Pero lo más importante es que el alma aprenda a dejarse mover por el Espíritu Santo. Que no sea una rama seca, ni una veleta caprichosa, ni una piedra ilustre. Que sea esposa. Que pertenezca al Viento.
Desposarse con el Viento es dejar que el Espíritu Santo tenga derechos sobre el alma. Es aprender a decir “detente” al viento muerto y “ven” al Viento vivo. Es pedir, una y otra vez, con la pobreza de quien no puede fabricarse la santidad: Ven, Austro. Aspira por mi huerto. Despierta mis amores. Haz correr el olor de mis virtudes. Que el Amado encuentre flores donde tantas veces sólo hay tierra seca.
Pentecostés es eso: Dios soplando sobre lo que estaba encerrado. Los Apóstoles tenían la doctrina recibida de labios de Cristo, tenían recuerdos sagrados, tenían una misión, tenían las promesas. Pero estaban encerrados. Les faltaba el Viento.
También nosotros podemos estar así: llenos de cosas buenas, pero encerrados; con flores, pero sin perfume; con fe, pero con miedo; con nuestra vocación, pero con cansancio; con muy buena doctrina, pero con poco fuego.
Por eso hay que pedir el Espíritu Santo. Pedirlo mucho. Pedirlo con hambre. Pedirlo en la oración, en la Misa, en la acción de gracias, en el trabajo escondido, en la aridez, en la tentación, en la noche. Pedirlo cuando el alma canta y pedirlo más todavía cuando el alma apenas puede balbucear.
Porque el amor verdadero se prueba en invierno. Y el invierno no tiene la última palabra.
La última palabra la tiene el Viento.