La fuente escondida en el Pan vivo

«La Madre Admirable que fue cáliz y copón
nos haga gustar la verdad de esta maravilla que es la Eucaristía».

(p. Carlos M Buela)

Hay poemas que se entienden mejor si uno mira primero el lugar donde nacieron. Y este de San Juan de la Cruz, Que bien sé yo la fonte, nació en la cárcel de Toledo, en aquella estrechez donde el Maestro de la fe estuvo encerrado, humillado, maltratado y, sobre todo, privado de lo que para él era más que el pan de cada día: la Santa Misa.

Porque su mayor pena no era simplemente estar preso. A otros les hubiera bastado quejarse de la injusticia, del encierro, de la oscuridad, del hambre, de la soledad. Él también sufriría todo eso, porque no era de piedra. Pero hay dolores que revelan la medida de un alma. Y la medida del alma de fray Juan aparece en esto: lo que más le dolía era no poder acercarse al altar. No poder celebrar. No poder comulgar. No poder beber, sacramentalmente, de aquella fonte que él sabía tan bien dónde manaba.

Por eso este poema es más bien el canto de un sediento que sabe dónde está el agua, aunque no pueda verla con los ojos. Es el canto de un hombre encerrado que, sin embargo, se sabe junto a la Fuente. Un hombre privado de la Eucaristía que termina viendo, con más hambre que nunca, la Fuente viva “en este pan de vida”.

El mismo título que se conserva del poema nos da ya la clave: “Cantar del alma que se huelga de conocer a Dios por fe”. La palabra es hermosa: el alma “se huelga”, es decir, se goza, descansa, se alegra. No porque tenga todo claro, no porque vea a Dios cara a cara, no porque haya pasado la noche, sino porque lo conoce por fe. Y entonces canta:

Que bien sé yo la fonte que mana y corre,
aunque es de noche.

Ahí está todo San Juan de la Cruz. Pocas palabras, pero cargadas de eternidad. La fonte es Dios. La noche es la fe. Y el alma sabe. No ve, pero sabe. No posee con evidencia, pero posee con certeza. Camina en esa oscuridad sagrada donde la inteligencia se rinde, el corazón se purifica y la voluntad se abraza al Amado.

También nosotros, religiosos, sacerdotes, laicos, tenemos que aprender esto: no toda oscuridad es ausencia de Dios. Hay noches que son castigo de nuestras imprudencias, es verdad; pero hay otras que son escuela de fe. Y en esas noches no hay que abandonar la fuente. Hay que decir con el santo: “yo sé dónde está, aunque es de noche”.

San Juan de Fontiveros no dice: “creo que hay una fonte”. Tampoco dice: “me parece que tal vez mana”. Dice: Que bien sé yo. Es la seguridad del creyente. Esa seguridad que no nace de los nervios, ni del gusto sensible, ni de una experiencia devota pasajera, sino de la fe teologal. La fe es una luz oscura, pero luz al fin. Oscura para nuestros ojos, luminosa por parte de Dios.

Por eso el estribillo vuelve una y otra vez: aunque es de noche. Es el latido del poema. Todo lo que el alma canta, lo canta desde la noche. Todo lo que sabe, lo sabe en la fe.

El patrono de los poetas comienza cantando la fonte en sí misma. Esa fonte no tiene origen, porque es Dios eterno. No nace de otra parte. No recibe el ser. No depende. No se agota. No se enturbia. Es fonte “que mana y corre”, pero sin perder nada de sí. Da, y no disminuye. Comunica, y no se empobrece. Brota eternamente es fecundidad infinita.

El santo poeta va entrando así, con palabras sencillas y hondísimas, en el misterio de Dios. Es fonte viva. Es vida que se comunica. Es manantial eterno. Y por eso el poema es Trinitario. La fonte es una, pero en ella hay un misterio de comunicaciones, de procesiones diría Santo Tomás. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo: una sola fonte, una sola vida divina, una sola eternidad, una sola omnipotencia, y, sin embargo, tres Personas realmente distintas.

El Martir de Toledo hace algo bien difícil: canta la teología sin rebajarla. Adora a la Trinidad como quien se asoma a un abismo. Y lo hace “aunque es de noche”, porque en esta vida la Trinidad se conoce por fe. No la vemos, pero creemos. No la comprendemos, pero la confesamos. No la encerramos en nuestra cabeza, pero vivimos de ella.

Después el poema mira las criaturas. Todo lo creado procede de esa fonte. El cielo, la tierra, los ángeles, los hombres, la historia, la gracia, la redención, los sacramentos: todo viene de Dios. Nada tiene agua propia. Toda criatura, por bella que sea, es arroyo recibido. Dios solo es fonte.

Esta idea, tan sencilla, nos cura de muchas idolatrías. Porque uno sufre mucho cuando le pide a las criaturas lo que solo puede dar la Fuente. Le pedimos al cargo, al afecto, al éxito, al descanso, al reconocimiento, a la salud, al proyecto, a la comunidad, a la familia, al apostolado, que nos den una plenitud que no tienen. Y cuando no nos la dan, nos quejamos de ellas. Pero la culpa no siempre es de las criaturas. A veces la culpa es nuestra, porque fuimos a beber a un cántaro y le exigimos que fuera manantial eterno.

San Juan de la cruz nos ordena la sed. Nos dice que no confundamos los arroyos con la fonte. Todo lo bueno viene de Dios; pero precisamente por eso todo lo bueno debe llevarnos a Dios.

Pero el poema tiene todavía una sorpresa. Después de cantar la fonte eterna, la fonte creadora, la fonte trinitaria, nos dice dónde está escondida para nosotros:

Aquesta eterna fonte está escondida
en este vivo pan por darnos vida,
aunque es de noche.

Aquí el poema se vuelve abiertamente eucarístico. La fonte no queda lejos, en una trascendencia inaccesible. La fonte eterna, la vida íntima de Dios, la dulzura del cielo, está escondida en este vivo pan.

Y esto lo escribe un hombre que no podía comulgar. Quizás por eso lo dice con tanta fuerza. Hay verdades que se conocen mejor por hambre. A veces uno valora el pan cuando le falta. Y nuestro Santo, privado de la Eucaristía, canta la Eucaristía con una intensidad que tal vez no habría nacido de la abundancia rutinaria.

Porque la rutina también encarcela. Hay cárceles de piedra y cárceles de costumbre. Fray Juan estaba encerrado por fuera, pero libre por dentro. Nosotros, en cambio, podemos tener la capilla abierta, la Misa diaria, el Sagrario cerca, y estar interiormente lejos. Podemos tocar lo santo sin temblar. Podemos celebrar sin hambre. Podemos comulgar sin sed. Podemos vivir al lado de la Fonte y morirnos de tibieza.

Que la Misa no nos diga nada, que el Sagrario no nos atraiga, que la Comunión no nos queme, que el “Pan vivo” se nos vuelva una cosa más del horario. ¡Eso sí que sería noche mala!

Nuestro santo llama a la Eucaristía “vivo pan” porque en ella está Cristo vivo. Es la Fuente bajo forma de pan. Está escondida, sí; pero escondida no quiere decir ausente. Al contrario: está escondida precisamente para darse. La humildad eucarística de Cristo es el modo más delicado de su presencia.

La fe, entonces, termina de rodillas. Y el Pan vivo sostiene el camino de la noche. Por eso se puede decir que todo pasa por la fe y todo pasa por la Eucaristía. El poema lo expresa con una ternura inmensa:

Aquí se está llamando a las criaturas,
y de esta agua se hartan, aunque a oscuras,
porque es de noche.

Dios llama. La Fonte llama. La Eucaristía llama. No es solo el hombre quien busca a Dios; es Dios quien convoca a las criaturas. “Vengan a mí”. “El que tenga sed, que venga”. “Yo soy el pan de vida”.

Y esa llamada sigue sonando. Suena en cada Misa. Suena en cada Sagrario. Suena en cada comunión bien hecha.

Aquesta viva fuente que deseo
en este pan de vida yo la veo,
aunque de noche.

Es un final precioso. La fonte que desea, la ve en el Pan de vida. No la ve con los ojos del cuerpo. No la ve con evidencia gloriosa. La ve por fe. Pero la ve. Y la desea. Porque la fe verdadera enciende el deseo. El que cree de verdad se vuelve hambriento. La fe abre los ojos del alma para descubrir que en la hostia consagrada está Aquel que buscan todos los amores verdaderos, todas las lágrimas limpias, todos los sacrificios escondidos, todas las esperanzas.

San Juan de la Cruz, el Encarcelado de Toledo, nos enseña así una de las grandes lecciones de la vida cristiana: se puede estar en la noche y cantar; se puede estar privado de muchas cosas y poseer lo esencial; se puede no ver casi nada y saberlo todo, si se sabe dónde está la Fonte.

Nosotros querríamos, muchas veces, una vida cristiana sin noche. Una vocación sin pruebas. Una comunidad sin cruces. Una misión sin cansancio. Una oración sin sequedad. Una fe sin oscuridad. Una Eucaristía sin velos. Pero Dios no nos prometió eso. Nos prometió la Fuente. Y la Fuente está. Mana y corre. Aunque es de noche.

Por eso, cuando falten luces, cuando el alma no sienta, cuando la oración parezca seca, cuando la obediencia pese, cuando el apostolado canse, cuando la comunidad moleste, cuando la familia preocupe, cuando la fe no tenga gusto sensible, hay que volver a decir con el doctor místico: Que bien sé yo la fonte que mana y corre, aunque es de noche.

Y más todavía: hay que ir al altar. Allí está escondida. Allí está viva. Allí se nos da. Allí llama. Allí espera. Allí el Dios eterno, la Fonte sin origen, el Amor trinitario, se pone al alcance de nuestra pobreza bajo las especies humildes del pan.

Porque el cristiano vive de fe. Y la fe cristiana, cuando es plena, termina siempre señalando el Sagrario.

Allí está la Fonte. Allí mana y corre. Allí se deja beber. Aunque es de noche.

Para leer el poema completo:  https://sanjuandelacruz.online/poesias/