«Pero si no hemos respondido con generosidad,
entonces nos pasará lo que al mendigo, y repetiremos como él:
Lástima no haber tenido la corazonada de entregarle todo al Espíritu Santo de Dios”.
(p. Buela, Vox Verbi 138: El Espíritu Santo, única fuente de vida)
Hay una frase que se oye con frecuencia en nuestras comunidades y trabajos apostólicos. Cuando se pide un favor, una colaboración o una tarea que no pertenece estrictamente al propio oficio, respondemos: —Si tengo tiempo, lo hago. O también: —Cuando pueda, lo haré. Y, pasado algún tiempo, llega la explicación consabida: —No tuve tiempo.
La respuesta puede ser perfectamente verdadera. Hay días en que las obligaciones se amontonan, los imprevistos llaman todos juntos a la puerta y las horas parecen encogerse. La caridad tiene un orden, los deberes de estado tienen prioridad y ad impossibilia nemo tenetur. (Nadie está obligado a lo imposible).
Pero también es verdad que, no pocas veces, la falta de tiempo se convierte en una cómoda madriguera. Nos escondemos detrás de ella. Decimos que no tuvimos tiempo cuando, hablando con mayor exactitud, tendríamos que decir que no quisimos emplearlo en aquello. Porque tiempo solemos encontrar para lo que verdaderamente queremos.
Cada uno tiene sobrada experiencia de esto. Cuando una cosa nos interesa, aparece una hora donde antes no había ni cinco minutos. Se acomodan las ocupaciones, se aplaza lo secundario y hasta el cansancio parece menos cansado. Quizá, entonces, el problema no sea siempre que nos falte tiempo, sino que todavía conservamos una idea demasiado posesiva de él.
En la vida religiosa nadie se atrevería a decir tranquilamente: —Este dinero es mío.
Tampoco hablaríamos de nuestros autos, nuestros heladeras o cocinas, o nuestras habitaciones como habla un propietario de sus posesiones.
Recuerdo que, cuando éramos seminaristas, se acostumbraba escribir en los libros que nos regalaban: Ad usum de… No se decía que aquel libro fuera de uno, sino que lo tenía en uso. Era una pequeña fórmula latina, pero encerraba una buena lección de pobreza: lo tengo entre las manos, pero no es mío.
Sin embargo, con el tiempo no tenemos tantos escrúpulos. Decimos con toda naturalidad: —Mi tiempo.
Y tal vez sea esta una de las últimas propiedades de las que nos cuesta desprendernos.
Ningún buen religioso diría en voz alta: —Necesito más dinero, más ropa, más comida.
Pero repetimos muchas veces: —Necesito más tiempo.
Y acaso lo que necesitamos no sean días más largos, sino una voluntad más entregada.
Porque, en el fondo, cuando decimos “mi tiempo”, muchas veces queremos decir “mi voluntad”, “mis planes”, “mis gustos”, “el modo en que yo había decidido organizar este día”. Nos molesta que una persona, una necesidad comunitaria o un imprevisto apostólico altere el pequeño reino que habíamos construido en la agenda.
San Juan de la Cruz escribió a doña Juana de Pedraza: «Cuanto las cosas más son mías, más tengo al alma y corazón en ellas y mi cuidado, porque la cosa amada se hace una con el amante» (Carta 11).
También el tiempo puede convertirse en una de esas cosas “mías”. Cuanto más mío lo considero, más pongo en él el alma, el corazón y el cuidado. Me inquieto cuando me lo quitan, me impaciento cuando me lo interrumpen y me desaliento cuando no puedo realizar todo lo que había proyectado. Y sobre todo me quejo de que no tengo tiempo.
Nuestro apego al tiempo se reconoce fácilmente por la irritación que nos producen las interrupciones.
El pobre posee las cosas sin dejarse poseer por ellas. Y algo semejante debería suceder con las horas. Las recibimos, las ordenamos, las aprovechamos; pero no somos sus dueños absolutos. Nos han sido dadas ad usum: para que hagamos con ellas la voluntad de Dios.
San Juan de la Cruz no presenta la pobreza como una simple privación material, sino como una forma concreta de seguir al Señor. La razón última es muy sencilla: queremos seguir a Cristo y «hacernos semejantes en vida, condiciones y virtudes» (D, pról.).
Pero la pobreza de Jesús no consistió solamente en carecer de bienes. Cristo tampoco se reservó el tiempo para sí mismo. No tuvo una vida propia al margen del Padre. Sus jornadas pertenecían enteramente a la misión recibida. Nunca lo vemos lamentarse porque le falten horas.
Y razones humanas no le habrían faltado. Las multitudes lo buscaban, los enfermos se acercaban, los discípulos necesitaban ser enseñados, los adversarios lo interrogaban, los caminos eran largos y los descansos escasos. Cuando se retiraba a un lugar solitario, iban a buscarlo. Cuando se dirigía a una casa, alguien lo detenía. Cuando quería comer, aparecía una necesidad. Cuando dormía, lo despertaban porque la barca se hundía. Sin embargo, Cristo no vive apresurado.
Lo interrumpen, pero no lo dispersan. Lo reclaman, pero no lo poseen. Hace mucho, pero no es un activista. Sabe detenerse ante el ciego, escuchar a la mujer enferma, recibir a los niños, conversar con Nicodemo y permanecer en silencio ante Pilato.
La razón es que no tiene un proyecto personal que defender frente a los acontecimientos. Su alimento es hacer la voluntad del Padre.
San Juan de la Cruz lo dice con toda claridad: Cristo «no tuvo otro gusto, ni le quiso, que hacer la voluntad de su Padre» (1S 13,4). Ahí está el secreto.
A quien busca hacer su propia voluntad siempre le faltará tiempo. A quien busca hacer la voluntad de Dios le bastará el tiempo que Dios le conceda. No porque pueda terminarlo todo, sino porque habrá realizado aquello que debía realizar.
San Juan de la Cruz conocía bien esa extraña capacidad que tenemos para crear necesidades. Por eso advertía que «no hay peor ladrón que el de dentro de casa» y que es «nuestra solicitud la que nos necesita» (Carta 21, a la M. María de Jesús).
La solicitud desordenada multiplica las urgencias, hace imprescindible lo secundario y nos convence de que todo depende de nosotros. También puede suceder con el tiempo.
Somos nosotros quienes llenamos la jornada de compromisos, curiosidades, conversaciones, pantallas y pequeños gustos. Después miramos el reloj vacío y nos quejamos de que Dios nos dio pocas horas.
Pero Dios nos dio todas las necesarias para cumplir su voluntad.
El Santo escribe: «No tendrán ni sentirán más necesidades que a las que quisieren sujetar el corazón» (Carta 16, a la M. María de Jesús).
Si sujeto el corazón a mis planes, necesitaré que nadie me interrumpa. Si lo sujeto a mis gustos, necesitaré disponer libremente de muchas horas. Si lo sujeto al éxito, necesitaré terminar todas las obras y ver inmediatamente sus frutos. Y, si estas condiciones no se cumplen, diré que me faltó tiempo.
San Juan de la Cruz añade una observación formidable: «Aunque esté en el cielo, si no acomoda su voluntad a quererlo, no estará contenta» (Carta 15, a la M. Leonor de San Gabriel, en Córdoba).
Aunque tuviéramos dos días dentro de cada día, tampoco estaríamos satisfechos si nuestra voluntad no se acomoda a la de Dios. La queja seguiría intacta, porque no nace del reloj sino del corazón.
Se cuenta que la Madre Maravillas de Jesús tenía debajo del reloj un cartel que decía: «Es tiempo de amar a Dios». Y a Dios se aprende a amarlo amando a los hombres. No porque el prójimo ocupe el lugar de Dios, sino porque el amor de Dios, cuando es verdadero, se derrama necesariamente sobre aquellos que él pone a nuestro lado.
El pobre que llama a la puerta, el enfermo que necesita compañía, el sacerdote que pide una ayuda, el trabajo comunitario que nadie quiere hacer, el alma que necesita ser escuchada: todos ellos pueden alterar nuestro horario, pero también pueden cumplirlo.
A veces pensamos que aprovechar bien el tiempo consiste en hacer muchas cosas. El Evangelio enseña que consiste en amar mucho.
Puede perder el tiempo quien produce sin amar. Y puede aprovecharlo maravillosamente quien se detiene para escuchar, consolar, servir o rezar.
Hay horas aparentemente estériles que dan fruto eterno. Y hay jornadas llenas de actividad que, a la tarde, no tienen nada que presentar ante Dios porque estuvieron llenas de nosotros mismos.
No se trata de abandonar los horarios, la disciplina o el cumplimiento de los oficios. El desorden no es pobreza. La improvisación permanente tampoco es abandono. Quien ama cuida el tiempo, llega puntualmente, prepara sus trabajos y respeta el descanso ajeno.
Pero lo hace sabiendo que la agenda es una servidora, no una señora.
La pobreza del tiempo consiste en no aferrarse al propio programa cuando la voluntad de Dios se manifiesta por otro camino. Consiste en aceptar que el día pueda ser distinto de como lo habíamos imaginado. Consiste en entregar no solo nuestras actividades, sino también el derecho a decidir siempre cuáles serán.
San Juan de la Cruz escribió a una priora: «Cate que no le falte el deseo de que le falte y ser pobre, porque en esa misma hora le faltará el espíritu e irá aflojando en las virtudes» (Carta 21, a la M. María de Jesús).
La expresión es atrevida: tener deseo de que nos falte. Aplicada al tiempo, no significa desear la negligencia, la sobrecarga o una vida sin recogimiento. Significa aceptar que no siempre tendremos todo el tiempo que quisiéramos para nosotros mismos. Significa abrazar con paz esa cierta escasez que nace de entregarse.
El padre y la madre de familia saben que el amor les quita horas de sueño. El misionero sabe que los planes cambian. El sacerdote sabe que una confesión puede alargarse, que una enfermedad no consulta el calendario y que para el cuidado de las almas no existe el horario de oficina. También el religioso debería saber que la vida común le pedirá tiempo.
Precisamente allí aparece una forma muy concreta de pobreza: cuando otro dispone legítimamente de una parte de mis horas; cuando debo abandonar una ocupación agradable para prestar un servicio; cuando un trabajo escondido me impide realizar otro más vistoso; cuando acepto que mi día sea gastado en beneficio de alguien que quizá ni siquiera lo agradecerá.
No hay que buscar estas situaciones artificiosamente. Llegan solas. La Providencia tiene una gran habilidad para desordenar nuestros pequeños planes y ordenar, mediante ellos, nuestra alma.
Entonces aparece la oportunidad de decir: —Señor, este tiempo tampoco es mío.
La pobreza sanjuanista no es un vacío triste. No consiste en quedarse sin cosas, sino en quedarse con Dios.
Por eso el Santo pide al religioso «contentarse con solo Dios». Y escribe: «Para tener a Dios en todo, conviene no tener en todo nada; porque el corazón, que es de uno, ¿cómo puede ser todo de otro?» (Carta 17, a la M. Magdalena del Espíritu Santo).
El corazón es uno. Si pertenece enteramente a nuestros planes, no puede pertenecer enteramente a Dios. Si vive aferrado al éxito de sus obras, no puede descansar en el Señor de las obras.
También nuestros apostolados pueden convertirse en propiedades.
Podemos apegarnos a un estudio, a una publicación, a una misión o a una tarea buena. Nos parece que el fruto depende de que tengamos más tiempo, mejores medios y menos interrupciones. Y, cuando no conseguimos lo esperado, atribuimos el fracaso a las circunstancias.
“Me faltó tiempo”, decimos.
Quizá. Pero también puede suceder que Dios no nos haya pedido el éxito que imaginábamos, sino la fidelidad que podíamos ofrecerle. Tal vez quiso que la obra quedara incompleta para que nuestra entrega se completara. Tal vez permitió que faltaran horas para que aprendiéramos que el fruto no nace solamente de nuestro trabajo, sino de su gracia.
La pobreza del tiempo es, por eso, una manera perfectísima de vivir abandonados en las manos de Dios.
Trabajamos con todas nuestras fuerzas, pero renunciamos a la pretensión de terminarlo todo. Sembramos, pero dejamos a Dios las estaciones. Nos entregamos, pero no nos apropiamos de los frutos. Al final del día ponemos ante él lo hecho y lo no hecho, lo logrado y lo interrumpido. Y descansamos. Porque no somos salvadores del mundo. El Salvador es otro.
San Juan de la Cruz escribe: «El pobre de espíritu en las menguas está más constante y alegre porque ha puesto su todo en nonada y en nada, y así halla en todo anchura de corazón» (Carta 16, a la M. María de Jesús).
También en las menguas de tiempo puede el alma permanecer constante y alegre. No porque todo salga como desea, sino porque ha puesto su todo en Dios.
Quien se apoya en sus horas se desespera cuando las pierde. Quien se apoya en Dios descubre que incluso una interrupción puede ser camino de santidad.
El Santo advierte: «El que busca gusto en alguna cosa, ya no se guarda vacío para que Dios le llene de su inefable deleite; y así como va a Dios, así sale, porque lleva las manos embarazadas y no puede tomar lo que Dios le daba. ¡Dios nos libre de tan malos embarazos, que tan dulces y sabrosas libertades estorban!» (Carta 7, a las Carmelitas Descalzas de Beas).
Podemos llevar las manos embarazadas no solo de bienes, sino también de proyectos, horarios y preocupaciones. Llegamos ante Dios con la agenda apretada entre los dedos y no podemos recibir lo que quería darnos.
Hay que soltar. Soltar incluso el propio tiempo. «Para venir a poseerlo todo, no quieras poseer algo en nada» (1S 13,11).
También podríamos decir: para que todo tu tiempo sea fecundo, no quieras poseerlo como dueño.
Antes de decir “no tengo tiempo”, podríamos preguntarnos:
¿Verdaderamente no puedo, o sencillamente no quiero alterar mis planes? ¿Me lo impide mi deber, o mi comodidad? ¿Estoy defendiendo una obligación recibida de Dios, o una ocupación elegida por mí? ¿Me falta tiempo, o me falta caridad?
El religioso no ha entregado solamente sus bienes, sus afectos y sus proyectos. Se ha entregado a sí mismo. Y quien se entrega a sí mismo entrega también sus días.
Después deberá rezar, estudiar, descansar, trabajar y cumplir responsablemente sus obligaciones. Pero todo será ad usum.
Cuando llegue la interrupción, cuando el apostolado no alcance, cuando el día termine antes que las tareas, cuando sintamos una vez más que nos falta tiempo, miremos el reloj de la Madre Maravillas: «Es tiempo de amar a Dios». Siempre hay tiempo para eso.
Porque amar a Dios no es una ocupación más que debemos introducir en la jornada. Es la forma en que debemos vivir todas las ocupaciones. Y amar a los hombres no nos roba el tiempo: le da su sentido.