No tienen vino… y al pie de la Cruz

“Esas manos juntas de la Virgen de Lujan,
nos recuerdan permanentemente
que el oficio más importante de Ella
en lo más alto de los cielos
es interceder, es rezar…”

(p. Carlos M Buela)

Entrando en el mes de María, conviene mirarla desde ese punto alto donde San Juan de la Cruz sitúa toda la vida espiritual: el “solo ejercicio”, que es amar a Dios. Porque todo lo demás —aun lo más elevado— no es sino despliegue de ese acto único. Y ese amor, cuando es verdadero, se deja ver principalmente en dos cosas: la oración y el sacrificio. En ambas, María no es sólo ejemplo: es forma acabada.

El Santo, al comentar el Cántico espiritual, nos introduce primero en la escuela de la oración. El alma —dice en la canción 2 — no habla directamente con el Amado, sino que envía mensajeros: sus deseos, afectos y gemidos, que él llama “pastores”, porque son los que apacientan el alma y llevan hasta Dios lo que no sabe decir cara a cara. Aquí ya podemos tomar esta enseñanza: la oración no es ante todo un discurso, sino un movimiento interior, a veces oscuro y entrecortado, pero verdadero, atravesando —como dice el Santo— las “majadas” de los ángeles hasta llegar al “otero”, que es Dios mismo. Es una oración que nace más del peso del corazón que de la claridad de las ideas. Y cuando ese movimiento llega a su expresión más pura —“Decidle que adolezco, peno y muero”— el Santo detiene la pluma para señalar que el alma no pide nada. No le dice a Dios lo que debe hacer, no le sugiere caminos, no le impone remedios; se limita a exponer su necesidad. Y es aquí donde introduce el ejemplo de la Virgen, como modelo perfecto de esta actitud. Escribe: como cuando la bendita Virgen dijo al amado Hijo en las bodas de Caná de Galilea, no pidiéndole derechamente el vino sino diciéndole: No tienen vino (Jn. 2, 3). Ella en las bodas de Caná, no formula una súplica explícita, sino que dice simplemente: “No tienen vino”. Nada más. Pero en ese “nada más” está toda la perfección de la oración. En ese gesto silencioso se encierra toda la teología de la oración: el que ama discretamente —dice el Santo— no se apresura a pedir según su parecer, sino que pone delante del Amado su indigencia y lo deja obrar. Así, la oración se purifica de amor propio, se hace más confiada y más verdadera, y queda enteramente abierta a la voluntad de Dios, que siempre sabe mejor lo que conviene y cuándo conviene darlo. La graciosa Madre, como la llama el Santo, enseña sin palabras este arte difícil.

Pero el mismo amor que ora así, aprende también a padecer. Y aquí el Santo nos lleva a otro momento del Cántico, más alto todavía, donde el alma ha entrado ya en una gran paz. En las canciones 20 y 21, es el mismo Esposo quien pone orden en todo lo inferior: aquieta las imaginaciones, somete los apetitos, sosiega las pasiones, y establece una armonía tan profunda que el alma parece quedar, en cierto modo, fuera del alcance del dolor. Sería, por decirlo así, la consecuencia natural de la unión: una paz estable, casi invulnerable. aguas, aires, ardores/ y miedos de las noches veladores. Es precisamente en ese punto donde el Santo introduce esta precisión: Dios, por una disposición más alta de su providencia, a veces suspende esa inmunidad. Permite que el alma vuelva a sentir y a padecer. Y no por defecto, sino por sobreabundancia del amor: para que merezca más, para que se afervore, para que se conforme más perfectamente con Cristo.

A renglón seguido escribe: “como hizo con la Madre Virgen”. Si alguna criatura debía haber quedado libre de todo sufrimiento, era Ella: pura desde el origen, perfectamente unida a la voluntad divina, movida sólo por el Espíritu Santo. Y sin embargo, fue la que más padeció. No por imperfección, sino por plenitud. Dios —si se permite la expresión— suspendió en Ella ese privilegio, para hacer más honda su participación en la obra redentora. En María, el dolor no es señal de desorden, sino de elección; no nace de la debilidad, sino de la sobreabundancia del amor.

Por eso los Padres la llaman “huerto cerrado” y “fuente sellada”. En Ella no hubo entrada del enemigo, ni un instante. A nosotros el demonio nos conoce, porque ha pasado por nuestra casa; en cambio, en Ella no encontró puerta alguna. Es la Inmaculada. Y, sin embargo, ese huerto cerrado no es un jardín superficialmente intacto: es un jardín donde el amor fue probado hasta el extremo. La pureza no la eximió del dolor; lo hizo más limpio, más libre, más fecundo. La Virgen no sufre como nosotros, mezclados de resistencia y de amor propio; sufre en pura conformidad, sin sombra, sin desvío. Por eso su dolor tiene algo de inmaculado también.

Tal vez, al comenzar este mes, baste con retener esto: aprender de María a rezar sin imponer y a sufrir sin resistir. Lo demás viene por añadidura. Porque, al final, el “solo ejercicio” no cambia. Amar a Dios. Y hacerlo —como Ella— dejándolo obrar.