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Tengo para mí —y no sin fundamento— que los llamados “no negociables”, tal como los establecieron los padres más grandes junto al querido Padre Buela, no son piezas aisladas, sino miembros vivos de un mismo organismo. Se tocan, se implican, se sostienen mutuamente. Cuando uno crece, todos crecen; cuando uno se debilita, todos se resienten. Porque no son añadidos…
Muchas veces —quizá en los días de retiro, preparando una dirección espiritual, o simplemente en la oración silenciosa— nos asalta una pregunta desconcertante: ¿cómo puede ser que no cambie?, ¿por qué no logro crecer en esta virtud, cumplir aquel propósito, vencer esta actitud que tanto me pesa? No es que no lo vea. Veo su fealdad, o al contrario, la belleza del bien al que Dios me llama. Y, sin embargo, pasa el tiempo… y sigo igual…
El Maestro de la fe tenía una afinidad singular con el Apóstol de las gentes. Lo llama “siervo” de Cristo (CB 1, 7); lo nombra “mi apóstol” por antonomasia (2S 22, 6); lo presenta “fuerte en el espíritu” (2S 24, 3), como tipo perfecto de cristiano (CB 1, 14; 12, 7; 22, 6), y llega a yuxtaponerlo en sus pruebas a la misma Virgen María (CB 20-21, 10). No se limita a repetir sus palabras…
San Juan de la Cruz escribió con total naturalidad lo mismo que vivía. Por eso la vida religiosa quedó inscrita entre los temas más frecuentes y más hondos de su enseñanza; mejor aún —como explicaba el padre José Vicente Rodríguez—, podría decirse que es el tema pleno de su doctrina, aunque no siempre aparezca nombrado como tal…
Aquí quiero recordar otro episodio, menos conocido, pero muy elocuente. Fue cuando San Juan de la Cruz, en su camino de regreso desde Valladolid hacia Granada, se detuvo en Segovia y llamó a un joven novicio para darle unas palabras de despedida. Se trataba de Alonso de la Madre de Dios, hermano de sangre de fray Fernando de Santa María, un carmelita que en ese momento estaba en Génova y a quien el Santo amaba profundamente…
De una carta de San Juan de la Cruz se ha salvado apenas un jirón. El papel está roto, las primeras líneas desaparecieron, y la firma se la comió el tiempo. Quedó sólo un fragmento —como un rescoldo que basta para encender fuego—, y Dios sabrá por qué quiso conservar precisamente eso. Dice el Santo a una Carmelita Descalza, en viaje de Granada a Madrid, en agosto de 1586:

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