El alma halcón y el Cazador divino
San Juan de la Cruz conocía bien la naturaleza y sabía —quizás lo había visto en su niñez en Medina del Campo— cómo se crían, se enseñan y se lanzan los halcones: esas aves rapaces que obedecen solo por hambre. No por costumbre ni por premio, sino por hambre. Esa hambre es lo que hace subir, lo que da vuelo. En el alma, ese hambre es la esperanza, que el mismo Dios enciende para que el hombre no se quede en el suelo.
“Cuando estés en el Sacrificio”
Hace poco me topé con la última carta de San Juan de la Cruz que nos ha llegado. Una joya que escribió desde La Peñuela, ya enfermo, con fiebre, a pocas semanas de su muerte. Le escribe a doña Ana del Mercado, su hija espiritual, y al enterarse de que el hermano de ella ha sido ordenado sacerdote, le dice con esa humildad tan suya: “Déle el parabién de mi parte, que no me atrevo a pedirle que algún día, cuando esté en el Sacrificio, se acuerde de mí…”
El racimo en el lagar
¿Queremos estar con Él? Entonces hay que dejar de pedir compañía y empezar a abrazar la soledad. Dejar de mendigar emociones y empezar a ofrecer silencio. Como decía Ignacio, el capitán: “ofrecer todas nuestras personas al trabajo”. Pero también —y más difícil aún— al olvido, al abandono, al no ser comprendidos, al no tener más testigo que Dios.
Porque el que quiera reinar con Cristo, tiene que estar dispuesto a ser exprimido con Él.
Dos maneras de vencer el mal
El lector hallará ese testimonio al final de las obras completas del Santo, tanto en la edición de la BAC como en la de Espiritualidad: son los llamados Dictámenes de espíritu recogidos por Elíseo de los Mártires, escritos en México en 1618. Son veinte y tantos apuntes, breves y densos, donde se condensa una teología vivida. No son cartas ni visiones, sino juicios: cosas vistas, oídas y aprendidas de aquel hombre de fuego que fue el Doctor Místico…
El camino de los santos no pasa por las nubes
Quizás le haya pasado a alguno. Lee a Santa Teresa o a San Juan de la Cruz, y en lugar de encenderse, se enfría. Dice: “Eso no es para mí. Esos son santos de otro tiempo. Eso de unirse a Dios es para almas privilegiadas, no para un pobre cristiano como yo”. Y así se va convenciendo de que la santidad es una rareza, y no el plan normal de Dios para todos los bautizados.
El arte de pasar adelante
Cuando el joven Karol Wojtyła, obrero y actor clandestino en la Polonia ocupada, se topó con las obras de San Juan de la Cruz, algo cambió para siempre. No fue un encuentro académico, sino vital. Aquel muchacho de Wadowice, que rezaba en los escombros y trabajaba en la cantera, encontró en el Místico del Carmelo una brújula para navegar la noche del espíritu. Y fue un laico, Jan Tyranowski —un sastre con alma de santo— quien le abrió el libro y el camino…
Lo que sabían las ranas de Beas
La hermana Catalina —¡Padre!, ¿por qué cuando yo salgo a la huerta y me sienten las ranas escapan enseguida y se ocultan en el fondo del estanque? —Pues, ¡hija!, porque ese es el lugar y centro donde tienen seguridad, responde fray Juan. —¡Ah!, claro; pero yo no quiero hacerles ningún daño. Y el confesor añade: —Así, así ha de hacer, hermana Catalina: huir de las criaturas que la puedan perjudicar, y zambullirse en su hondo y centro que es Dios, escondiéndose, refugiándose en Él.
Guardar mejor las cosas del Instituto
Entre los escritos breves del Santo de Fontiveros, aparecen —casi como un apéndice después de las Cautelas— unas tres páginas. Son los Cuatro avisos que redactó, no de motu proprio, sino porque un fraile carmelita descalzo se los pidió. Hoy conservamos apenas cinco copias que descienden de dos manuscritos…
¿Por qué no tengo buena oración?

Al parecer está todo muy claro, el por qué nos lo da el Santo en el Prólogo a su Subida del Monte Carmelo: «Es lástima ver muchas almas, a quien Dios da talento y favor para pasar adelante…, quedarse en un bajo modo de trato con Dios, por no querer o no saber, o no las encaminar y enseñar a desasirse de aquellos principios.»…